¿Qué pensaría la pobre mujer si se viera allí, en medio de la calle, rodeada de cacharros oxidados que ya nadie quiere pero que siguen exponiendo domingo tras domingo; enmarcada su foto en un portarretratos que aunque en otro tiempo seguro brilló reluciente y expléndido, ahora muestra un color mate grisáceo que se va descascarillando semana tras semana; soportado a medias su rostro en esa orla que lo rodea y que acaba en dos pequeñas patas una de las cuales ya se desprendió?
Esta mañana, en el Rastro, una anciana me ha mirado desde un pequeño y decrépito marco expuesto en una tienda de segunda mano y me ha dado una tristeza tremenda. Vivir toda una vida para acabar allí, en la calle, aguantando el escrutinio de cientos de desconocidos.
O peor aún, vivir toda una vida para que al final no haya nadie que quiera recordarte y conserve guardada con cariño tu foto, aunque sea en el fondo de una caja perdida por la casa.
Me hubiera gustado hacerle una foto, a ella, a su marco y a su puesto para ponerla aquí casi como un homenaje, pero al final me ha podido el respeto que me imponía su mirada y la del dueño de la tienda que no me quitaba el ojo de encima.
Tal vez vuelva otro domingo, y si sigue allí, le pregunte a aquel señor que la "custodiaba" cómo llego ese trozo de vida de una anciana desconocida a sus manos.
A parte de la pena que me ha dado verla allí, también me he quedado con una inquietud por los adentros: ¿quién me dice a mi si tal vez mis recuerdos y yo no acabemos así? Qué miedo.
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Imaginemos que fue su madre, y que él la lleva a todas partes... A veces me deprime mi optimismo.
Anímate y pregunta.
¡Un abrazo!