Reconozco que estaba esperando a que sucediera algo que te pusiera definitivamente en mi camino, ya que yo no sabía cómo hacer para cruzarme en el tuyo.
Cuando sucedió no podía creer mi suerte. Definitivamente tenía la señal de que esto era cosa del destino. Tú y yo teníamos que estar juntos.
Fue tanta la sorpresa y la ilusión que de repente me volví valiente e hice cosas que jamás creí ser capaz de hacer. Y todo, por ti.
Desgraciadamente, después tuve que aceptar que tal vez, me había precipitado.
Sí, fue una suerte conocerte, y sí, me siento orgullosa de haber sido valiente, pero ya está. Ahí ha quedado todo.
La promesa que ofrecían los puntos suspensivos, que teóricamente, tenían que dar continuación a esta historia, se ha quedado vacía, habitada por un minúsculo y cada vez más apagado rallito de esperanza que, terco, se niega a morir.
De vez en cuando, alguien viene a mofarse de él, y herido en su amor propio, se revuelve, peleón, luchando por mantenerse vivo, por no perder la dignidad.
La realidad es, que se ha hecho fuerte a fuerza de sentir la soledad pegada a su espalda. Si lo pensamos bien, ¿qué tiene que perder?
Por eso, a pesar de los momentos de desesperación, de incertidumbre, de desazón, él y yo seguimos aferrados el uno al otro, esperando otro giro inesperado que haga que tus ojos se fijen en mí, que tu vida vuelva a saber de la existencia de la mía, que, finalmente, decidas que el mejor sitio para vivir es, junto a mí.
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