No tardé mucho en darme cuenta de que no teníamos nada de qué hablar.

En menos de dos minutos la conversación ya estaba agotada, y lo único que podíamos hacer era darle vueltas a lo mismo una y otra vez.

Desde luego, no fue una grata sorpresa. Como tampoco lo fue la sensación de vulnerabilidad que vino después. Ese descubrirse de repente a uno mismo desnudo y expuesto en una especie de escaparate con un nutrido público delante, deseoso de curiosear aún más allá de la piel.

El primer impulso, cómo no, es taparse las vergüenzas. El segundo desear tener la poción mágica que consiguiera borrar las mentes o la fórmula para volver atrás en el tiempo y congelarlo en el preciso instante en que, movido por un sentimiento de fraternal apego, destapas poquito a poco tu alma, igual que si te desabrocharas la camisa. Ahí, justo ahí…ahora ya sabes que si pudieras volver atrás, tal vez te desabrocharías el primer botón, pero desde luego, el segundo no.

En fin, ya no tiene remedio. Aunque tratara de esconderme debajo de un jersey de cuello vuelto seguiría sintiéndome desnuda.

Lo peor es que ahora toca aparentar normalidad. Como si la sesión de nudismo emocional no hubiera existido. Como si no me hubiera hecho sentir incómoda.

Dios…qué vulnerable me siento.