Celos y un final muy raro
No podía apartar la vista de ellos mientas un intenso sentimiento de envidia y rabia me iba subiendo desde el estómago. ¡Cuánto los he odiado mientras le pegaba bocados rabiosos a una triste hamburguesa que no me ha sabido a nada!
¿Cuántos besos se habrán dado durante la media hora que los he tenido en frente? Podría calcularlo si supiera cuántos besos seguidos pueden darse por minuto.
Estoy celosa y tengo un nudo en el estómago que me hace más difícil digerir la porquería de comida que estoy engullendo.
Miro sus bandejas de comida, completamente vacías, ¿por qué coño no se van ya a magrearse a otra parte?
Los veo removerse en las sillas un par de segundos -¡Por fín se largan!- pienso. Pero no. No, no, no, no, no. Lo que están haciendo es acomodarse mejor en sus respectivos asientos, cogiendo una postura que les resulte más cómoda para seguir con su sesión de arrumacos digestiva.
Me están entrando ganas de vomitar, y en contra de lo que pueda pensarse, no es por la hamburguesa.
Los odio. Profundamente. Desde lo más hondo de mi corazón solitario y reseco.
Por fin se levantan para irse. Pero antes, y como colofón final a tan enternecedora sobremesa, y ya de pie los dos, se pasan otro par de minutos besándose con los brazos rodeándose las respectivas cinturas, apretándose bien el uno contra el otro.
Derepente me pregunto ¿habrán reparado en ellos el resto de gente del restaurante? Tal vez soy yo la única mala persona del lugar. La única capaz de sentirse profundamente infeliz por vez a dos personas asquerosamente felices.
Supongo que la odiosa soy yo.
Al final se van, saliendo del local, cómo no, enganchados en uno al otro (juntos forever and ever....)
A los cinco minutos me voy yo con un vacío existencial tan grande y asfixiante que, con el corazón acelerado y sin pensarlo, me meto en la cafetería de al lado y me zampo un tiramisú que me alivia momentáneamente la desazón.
Como creo estar a punto de explotar y mi nivel de ansidedad va cada vez más en aumento, he sacado del bolso este cuadernito que he tenido la buena fortuna de echar en él hoy.
Mientras escribo esto, estoy sentada frente a un escaparate enorme, al pie de las Torres Kio, viendo todo el bullicio de la Plaza de Castilla.
Llueve a ratos, así que a pesar del mal rato de antes, ahora me siento un poco mejor, simplemente por ver que estoy bajo techo y calentita.
He hecho unas cuantas fotos del cuaderno. Pero desgraciadamente con el móvil no puedo captar bien toda la calle, como yo querría.


Vuelve a llover y son varias las personas que se refugian aquí.
Una chica se detiene frente al escaparate. Habla por el móvil, haciendo malabarismos para sujetar un sobre que lleva en la mano y taparse con ella el oído al mismo tiempo. No dejan de pasar coches, así que debe ser casi imposible escuchar algo. No para de mirar hacia todas partes, girando una y otra vez sobre sí misma. Es obvio que está buscando a la persona con la que está hablando por teléfono.
Al mirarla, y ver que lleamos un corte de pelo parecido, caigo en la cuenta de que secarme y alisarme el pelo hoy, en vez de engominarlo, no habría sido una buena idea. La lluvia se habría encargado de desenmascarar mis rizos.
¡Qué estupideces se me pasan por la cabeza! ¿Verdad?
Un tipo se me queda mirando en el escaparate. En ese preciso instante caigo en la cuenta de que, tal vez, me estoy inclinando demasiado al escribir...y que mi escote posiblemente esté enseñando demasiado.
Cruzamos la mirada un par de segundos y él entra en el local.
En milésimas de segundo varias fantasías románticas me inundan la cabeza.
Tal vez venga a sentarse a mi lado, empecemos una conversación casual y al final, casi sin darnos tiempo a aprendernos nuestros nombres, nos demos cuenta de que somos lo que tanto tiempo llevábamos buscando.
Se sienta a mi lado, pero no sigue el romántico, bucólico y pastoril guión que me he inventado. Se bebe su café en tres sorbor y antes de que me de tiempo a reformular nuestra historia de amor, sale por la puerte, tal y como había venido.
No ha tirado la bandeja a la basura así que en mi nuevo afán por ilustrar este disparate, vuelvo a sacar el móvil del bolso y le hago una foto.

Es probable que a estas alturas, la camarera esté a punto de llamar al manicomio.
No importa. Yo voy a ser más rápida que ella y me voy a ir....¡ya!

Ofelia Balderas Gallegos. dijo
Los celos son normales, la anormal creo ser yo que nunca los demuestro y crei que no conocia es sentimiento, hasta que un dia cosa ridicula... le llame a mi "amorcito", estaba en el trabajo atendiendo a una clienta, asi que lo mas tonto fue que me puse celosa de la situacion... es una bobada, pero que hacer, las mujeres somos celosas por naturaleza, y tu presenciaste una situacion ridiculamente melosa (osea que esa parejita derramaba miel, eso ya de por si no es grato)...
que estes bien.
=)
19 Marzo 2007 | 01:25 AM