Humor de perros
Acabo de inaugurar el otoño con el primer resfriado de la temporada.
La garganta me duele como si en lugar de tener un par de amigdalas, tuviese cristales de afilados cantos. No doy abasto a sonarme la nariz, a estas alturas, ya bastante irritada por tanto sonarme. Los ojos pesados, y la cabeza abotargada por la congestión.
Creo que he batido mis propias marcas, porque me parece que nunca me había pillado una de estas tan pronto.
Pues así, de esta guisa, me han pillado unas pequeñas obras en la cocina, con el desbarajuste que ello supone. Y ahí he tenido que estar media tarde limpiando y poniendo orden cuando lo que me apetecía era sentarme en el sofá y dejarme morir.
Para aliñar aún más la situación, recibo una llamada de mi madre, que está fuera estos días, y cuando le comento que han tenido que cambiar las tuberías del fregadero y la pila, se pone a gritarme histérica que por qué, que si estaban nuevas, que cómo vamos a pagar eso ahora, que de eso tenía que haberse encargado el seguro...y bla, bla, bla, bla, bla.
Total que me he tenido que comer un marrón que yo no he provocado, ya que ha sido mi hermano el que ha estimado conveniente hacer la obra, y quién de hecho, la ha ejecutado.
Así que en vista de mi estado de no-salud y el pollo que me han montado sin tener responsabilidad alguna en él, me he cogido tan rebote que le he colgado el teléfono.
Estoy hasta las mismísimas narices de que todo lo relacionado con la casa tenga que caer siempre sobre mis espaldas. Vamos, que el resto de la familia parece que viviese en un hotel. Los miembros femeninos somos los que tenemos que hacernos cargo de todo, y si algo sale mal, la culpa es nuestra (mía en este caso). Joder....a mi que me cuenta si yo salí de casa a las cuatro de la tarde y todo estaba en orden y cuando volví a las once parecía que por la cocina había pasado el huracán Mitch.
Total, que empiezo a pensar (por enésima vez) en las ganas que tengo de independizarme y en la perra suerte que tengo de no poder ver esa posibilidad ni remotamente cercana.
Enferma y cabreada, me siento aquí delante a leer un poco con mis llorosos ojos lo que otros cocteleros han escrito hoy, y me encuentro con un artículo de Polidori sobre el derecho a una vivienda digna en Catuña.
Mis niveles de cabreo con mi madre, mi suerte, la sociedad y el maldito mundo en el que vivimos en general, aumentan un 200%.
Y ya para terminar de marearme dentro de mi estado casi febril, hago un repaso mental de los amigos que se han casado o están apunto de hacerlo, de los que van a ser padres o de los que acaban de serlo, y no salgo de mi asombro al parecerme increíble que ellos lo hayan conseguido: salir de una forma más o menos natural de la etapa de joven y entrar en la de adultos.
El otro día me planteaba a raíz de la noticia de la boda de unos amigos, si yo podría casarme en caso de que quisiera y de que tuviera con quién. Supongo que no tendría ningún problema en acercarme a una Iglesia o juzgado y hacerlo, pero lo que es organizar una boda en el sentido tradicional (traje de novia, banquete, viaje de novios, reportaje fotográfico...etc) me sería absolutamente imposible a menos que mis padres volvieran a hipotecarse para pagarlo, o de que mi futuro consorte estuviese montado en el dólar. Tema de vivienda a parte, claro.
No sé, cada vez más tengo la sensación de que el mundo va a una velocidad que a mi me será absolutamente imposible de alcanzar.
Para seguir adelante no queda otra que aferrarse a la esperanza de que lo bueno está por llegar y de que al final, aunque sea duro, podré organizar mi vida de alguna forma más o menos satisfactoria.
Aún así la idea de que cada vez estoy más cerca de los treinta años y de que mi existencia estaba más organizada cuando tenía veinte, me pone los pelos de punta.
polidori dijo
¡Ánimo, Nani! Te digo por experiencia que la vida puede sorprenderte cuando menos te lo esperes. Confía en que hay buenos tiempos que están aún por llegar.
Un abrazo.
27 Septiembre 2006 | 10:14 AM