Todos nos equivocamos algún día

Había una vez una niña prodigiosa con un cerebro prodigioso. Sus ojos eran como el objetivo de una cámara, lo captaban todo, y todo lo captado era almacenado en tan prodigiosa cabecita.
Esa niña creció con normalidad: le gustaba ir al colegio (bueno, eso no es tan normal), su primera pasión, mucho antes de conocer los síntomas inequívocos del primer amor y la edad del pavo, mucho antes, era leer. El primer libro que le regalaron fue Dos años de vacaciones de Julio Verne. Un tocho que sólo tenía dibujos cada quince o veinte páginas, muy pocos dibujos para una niña que no hacía tanto que había dejado el Micho aparcado.
Tenía amiguitos que luego con el tiempo siguieron siéndolo (algunos). Y más o menos creció feliz.
Su supercerébro seguía desarrollándose alimentado sin cesar por nuevos conocimientos adquiridos principalmente en la institución educativa y en los libros, porque en ese punto de su existencia, aún la vida no le había enseñado demasiadas cosas.
Durante su adolescencia, se empeñó en creer que su cuerpo no tenía otra función más que la meramente operativa, es decir, tengo piernas para andar y punto. Y se empeñó en creerlo así, porque tras minuciosas observaciones críticas siempre decidía que ese envoltorio no merecía el calificativo de "atractivo", y ya que su ser carecía de ninguna función decorativa o alegradora de las miradas ajenas (masculinas principalmente), decidió cultivar la otra parte de sí misma que hasta ese momento nunca le había fallado y de la que se sentía especialmente orgullosa.
Soy fea, pero soy muy inteligente. Ese era su lema, su mantra, repetido una y otra vez.
El tiempo siguió pasando, y pasada la odiosa adolescencia (¿por qué nos harán pasar por esto?) sus ideas sobre el mundo, sobre la vida y sobre sí misma fueron cambiando poco a poco.
Dejó de pensar que era un engendro humano para llegar a ser capaz de ver belleza donde antes sólo veía defectos.
Pero también empezó a desconfiar un poco de la capacidad de su adorado cerebro. Al fin y al cabo, él también parecía ser a veces un poco tontito.
Al principio de todo, se asustó. Esa máquina neuronal nunca fallaba, hasta que empezó a hacerlo.
Lagunas de memoria, olvidos tontos... pequeñeces...
Al principio de todo, se enfadaba consigo misma ("esto no puede ser"). Luego se relajó un poco creyendo que tal vez su cerebro estaba fatigado por la presión, y trató de dar menos importancia a sus pequeños errores, incluso aprendió a reirse de ellos.
Hasta aquel día.
Aquel día, su memoria falló tan estrepitósamente que al tomar conciencia del error, el corazón al galope trataba una y otra vez de escaparse de allí y refugiarse en algún recóndito lugar donde los sentimientos de culpa no pudiesen encontrarlo, y menos aún, todos aquellos que se echarían encima de su dueña para hacerle pagar su ERROR.
jaime dijo
donde vivo
23 Noviembre 2005 | 11:40 PM