Agotamiento. Cansancio. Tristeza. Desesperación. Desánimo. Apatía. Frustración. (Resumen anímico de mi persona en el momento actual)

Estar triste es tremendamente agotador. La tristeza te roba las fuerzas sin que tú puedas hacer otra cosa que ver cómo se escapan.
Cuando llevas un par de días así, sientes cansancio de tu propia miserable situación. Tú mismo te das asco, porque, si ya de por sí no es nada agradable tener al lado a una persona que sólo desprende energía negativa, para qué hablar de tener a un individuo así incrustrado dentro de tu propia piel, de tus propios huesos, enquistado en tu propio cerebro.

Cuando estás tan casado como yo estoy ahora mismo, pensar en realizar cualquier esfuerzo, ya supone un esfuerzo, y al final, sólo cabilando, acabas agotado. Eshausto de hecho, porque, recordemos, sigues triste (ese es el motivo de todo) y estar triste, es agotador.

Pero claro, a pesar de toda esta basura emocional que te corroe las entrañas, en algúna célula inconsciente y tontorrona (probablemente no le llega muy bien el riego sanguíneo) aún queda un último resquicio de esperanza empeñado en triunfar y hacerte feliz. Soñando con finales de película americana, donde suena una musiquilla de violines que pretende poner banda sonora a la Felicidad con mayúscula; donde unos protagonistas jóvenes y guapos se besan tan apasionadamente que parece que vayan a fagocitarse el uno al otro (qué romántico!).

Cuando esa célula incauta decide movilizar a sus vecinas, tú empiezas a rebelare contra TU SITUACIÓN, es decir, contra toda la tristeza que sientes y contra todos aquellos factores que la desencadenan. Es entonces cuando sientes frustración. Muy amiga ella de la desesperación (son almas gemelas).

Y allí estás tú, experimentando tantas cosas a la vez que ya casi ni sabes cómo te sientes, mal, simplemente mal, piensas, muy mal.