La cosa no ha mejorado nada desde el medio día, momento en el cual libré una dura batalla materno-filial (yo soy la parte filial, y la que se supone NO tiene razón... chorradas).
Tanto me ha afectado el combate, que llevo toda la tarde con una mezcla de mal humor, tristeza y frustración.
Desde hace tiempo percibo claras señales que me indican que ya ha llegado el momento de abandonar la casa (no la de Gran Hermano, sino la de mis padres). Los roces y pequeñas discusiones son contínuas, no cesan, como un grifo que gotea y que no hay forma humana de cerrar.
Necesito mi propio espacio, y en el que ellos me ofrecen (y que hay que agradecer, no seamos malnacidos) me ahogo. Mi mierda de sueldo no me permite irme a vivir de alquiler y no me queda otra que ver cómo va pasando el tiempo y yo sigo en el mismo lugar, cada vez más agobiada y acorralada.
A veces me da la impresión de que ella cree que no la quiero. No es cierto. Lo que sí es una verdad como un piano, es que la convivencia entre nosotras es tremendamente dificultosa, porque nuestros caracteres, nuestra forma de concebir la vida son totalmente antagónicas.
Ahora mismo está en el salón, y cuando he llegado de currar no me ha dicho ni pío. Ni un púdrete.
Que mal rollo.
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poema claro y conciso sobre una situación concreta que me recuerda los versos contundentes de Bukowski.Directo, libre de aspavientos. un saludo